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María Julia Oliván: “Lo más difícil no es la discapacidad sino el mundo cuando es hostil con ellos”

Actualizado: 7 jun 2023

En una extensa charla con Teleshow, la periodista cuenta cómo se reencontró con su profesión y relata cómo es acompañar a un hijo con autismo, el cuadro de depresión que sufrió y la importancia de pedir ayuda




“Estoy muy contenta porque recuperé el entusiasmo y tengo muchos proyectos”, afirma María Julia Oliván que se reencuentra hoy al aire luego de 20 años con Jorge Lanata en PPT. Además, mantiene su espacio en Border y el podcast Chat de mamis donde, desde su propia experiencia, acompaña a familias que enfrentan un recorrido lleno de desafíos vinculados al desarrollo de niños neurodivergentes.


Cuando me entero del diagnóstico de Antonio tenía un año y medio y nunca resigné la idea del hijo, no lo viví como un duelo” recuerda. A partir de ahí comenzó un derrotero de consultas, terapias, estimulación y acompañamiento que no cesa y que incluso en algún momento la alejó de su profesión.


Pero no era solo la maternidad y las dificultades de acompañar a un hijo con autismo lo que le sucedía: “Estaba muy apática con la actualidad, con la realidad. No me importaba nada. Me di cuenta que estaba deprimida porque empecé a perder interés en las cosas que me interesaron toda la vida


—¿Cómo te sentías?

—Fue bastante fuerte porque todos tenemos momentos oscuros en la vida pero la diferencia acá era la apatía. Una cosa es tener menos energía o tener un poco de tristeza, y otra cosa es que no te importe nada. No podía escuchar la radio ni las entrevistas. No me interesaba nada.


—¿Cómo lo trabajaste?

—Con terapia, con psiquiatra, con todo.

—Hubo un diagnóstico de depresión.

—Sí, de la psiquiatra. Tiene bastantes fases la depresión y el diagnóstico fue cuando la apatía era persistente, duradera. Es algo que vos sentís físicamente la inercia. No podía movilizarme. Me costaba todo mucho. Tenía sueño permanentemente.

—¿Te costaba levantarte?

Me costaba todo, no solo levantarme. Me costaba permanecer despierta. Me costaba distraer mi cabeza con algo. Dejar de hablar de autismo todo el día. Una vez me acuerdo que con Ariel dijimos: “Che, hagamos una cena que se llame ‘No hablemos de autismo´”.

—¿Te asustó en algún momento verte tan apagada?

—Sí, me asustó. Todo el esfuerzo que hacía por salir adelante, por seguir conectada con el periodismo. No me interesaba agarrar nada pero algo agarraba, trataba de ir. Era todo mucho esfuerzo y me asustó pensar que nunca más iba a poder tener la pasión que tenía antes. Decir: ya no soy más yo. No me voy a encontrar más.

—¿Qué te sacó adelante? ¿terapia? ¿medicación?

—Sí, todo eso, pero también la contención de Ari, mi pareja. Es una persona llena de luz. Muy activa. Pujante. Alegre. Zarpado. Cuando vos tenés depresión todo lo ves oscuro, solo ves historias oscuras, y eso te genera miedo. Antonio no me generaba miedo, Antonio me generaba alegría. A pesar de los momentos en los que decís “no doy más”.

—¿El miedo tenía que ver con vos, con no volver a ser la que eras?

—Sí, primero me desconocía frente al espejo. Yo era más linda. Yo era más simpática ¿no?

—¿Seguís con medicación?

—No, hace ya un año. Tomé 8 meses.

—Me parece muy importante que estemos hablando de salud mental porque es un tema bastante tabú y después de la pandemia todavía no somos conscientes del daño que ha causado.

—Sí. En Chat de mamis hablo de atravesar el pantano porque a mí me llegaban muchos mensajes, muchísimas personas que me escriben y me dicen: “Ay, cómo hacés”. Y yo les decía: “No te creas lo que ves en Instagram”. Lo iba diciendo siempre que podía porque no quería que se sientan solas las personas. Es muy loco, y en el caso de los padres de personas con diagnóstico, uno le pone tanto el cuerpo al chico, porque tu hijo depende de vos mucho más años que un chico neurotípico.

—¿Da miedo esa dependencia en el futuro?

—No. Yo no tengo miedo porque para mí la contracara al miedo es la confianza. Y mi crianza se basa en confiar en mi hijo. Le pongo todas las fichas. No tengo el delirio que es un genio. Igual le hice un psicotécnico y le da medio genio (risas). No es que tengo el mambo que va a ser The good doctor. No, tiene un montón de desafíos y un montón de fortalezas que sí las noto con el transcurso de los años. Es muy vivo en un montón de cosas. Ahora, de las debilidades y las limitaciones yo lo que trabajo mucho es en una crianza simplemente de un nene. De un nene que tiene que pensar en los demás.

—Todo un desafío incluso con un niño neurotípico.

No me importa que tenga autismo, un nene tiene que saber que su mamá está cansada. Tiene que saber que su mamá puede hasta ahí. Que lo demás depende de él. Te cuento una para que veas el nivel de estrés. Estábamos almorzando. Si no seguís las reglas estrictas de la conducta le ponés la tele, te tira un vaso, empieza a saltar. Entonces bueno, le apago todo, lo siento en la mesa, comemos. Se me retobó. A los dos segundos escuchó piecitos. Había ido arriba, había salido por un ventanal, cruzado la medianera, y estaba corriendo por el techo. No es la primera vez que lo hace. Entonces baja, un griterío, todo, y le digo que la corte porque si no yo me iba a tomar un avión y me iba a ir. “¿Mamá se va a trabajar de periodista?”, “No me voy a trabajar de periodista, me voy a rajar”, le digo. “Me voy a rajar. Me tenés harta”. Entonces empezó “No, vamos a cuidar a tu bebé”. “Es que no sos más un bebé. ¿No te das cuenta que sos un pibe grande? ¿Qué bebé'”. “Tu bebé”. Y empieza a cantarme una canción de cuna y le inventa palabras. Bueno, me voy a hacer notas y cuando vuelvo había hecho fonoaudiología y cuando termina, cuando hace bien toda la tarea, le ponen “Soy un capo” con una estrella y me la tiene que traer a mí y cuando llego a dormir me había puesto la estrella que decía “Soy un capo” en la mesa de luz con la luz prendida como: todo bien pero soy un capo (risas). Esta es una entre tres mil te digo.

—¿En este momento de perderte un poco vos, pudiste igual lograr una conexión linda con Antonio?

—Aun cuando estaba triste también estaba con Antonio contenta. Antonio me da felicidad, amor y por supuesto que también hay momentos en los que sí me da angustia o incertidumbre. Pero me gusta estar con él. Me divierto. Me da ternura. Me mato de risa. Siempre fui así, en una época fui docente de inglés en un bilingüe, en segundo grado. Y después, fui payaso hasta que me compré mi primer auto. Y hacía un montón de plata de payaso.

—Y ser payaso te ayudó a conectar con Antonio

—Claro. Eso dice Alexia Rattazzi en uno de los podcasts. La base de la comunicación es la interacción gestual y la conexión de las miradas. Para lograr que te miren es muy pertinente utilizar nariz de payaso, peluca de payaso.

—¿Cuál fue la lucha más difícil o la que a vos más te dolió de las que tuviste que dar?

—Lo más difícil de tener un nene con autismo o con alguna discapacidad no es el nene en sí mismo sino el mundo cuando es hostil hacia ellos, hacia la diferencia. Las veces que me sentí mal siendo mamá de Antonio fue por una mirada ajena que me ponía en un lugar de incomodidad. Por ejemplo, cuando un colegio no es receptivo, cosa que está establecida por la Ley de Educación Inclusiva. Hay un montón de cosas del afuera que tienen que ver con los prejuicios que tienen los otros sobre el autismo y si te toca un médico o un terapeuta que cree que es un bajón lo que te está pasando te lo va a comunicar así. Yo siempre digo que estoy tan agotada porque me hice un pique en una maratón. Esto es una maratón, no es que termina a los 10, a los 12. Siempre hay que hacer adaptaciones, adecuaciones. A la colonia va con un acompañante terapéutico. Al colegio va con otro acompañante terapéutico. Hay reuniones de equipo. Vos para tomar una decisión con tu hija, la tomás vos, no le tenés que preguntar a seis personas.

—No, yo no le tengo que consultar a nadie si estamos o no ok con que vaya al día de granja

—Claro. Y nadie te va a decir: “Mirá, fijate si está bueno que venga al día de granja”. ¿Y por qué no va a estar bueno que vaya al día de granja? Hay una mirada como: “Uh, es un problema este pibe”. Porque funciona distinto. Porque se escapa. Eso es más pesado que el niño, porque el niño es hermoso.

—¿Es más fácil teniendo una buena posición económica?

—En principio uno diría sí. Pero hay una fantasía bastante grande con tener una buena posición económica y con ser María Julia Oliván. Como que no te van a pasar las cosas que les pasan a los demás. Y la verdad es que no. Si un terapeuta no tiene turno le da lo mismo porque las terapias por discapacidad tienen un nomenclador nacional y se cobra por todas las personas lo mismo. Y una persona que cuestiona o que pregunta o que quiere saber más para poder llevarlo a la casa es más pesado que alguien que no interviene.

—Pienso en gente sin prepaga, sin recursos, sin conocer sus derechos, sin saber que el colegio te tiene que dar un lugar, qué batalla agotadora puede ser

—Hay un episodio que tardé dos meses en hacer porque era imposible entender que es todo lo que tenés que saber de educación inclusiva desde el punto de vista legal. Y después hablo mucho sobre desde dónde pararte para hablar; porque con la difusión de todos los derechos de las personas con discapacidades también se produce una sobrerreacción y se dan por sentados un montón de límites que tienen personas con autismo que yo como madre de un chico con autismo no los considero así. Las personas con discapacidad, y ya habrán visto todos el video del aeropuerto, tienen la prioridad en la fila.

—Por supuesto

—Pero yo desde que empecé con esto le enseño a mi hijo a esperar. Mi hijo me dice “quiero agua mamá”. “Espera un cachito Antonio”. Asegurar como una verdad absoluta que una persona con autismo no puede esperar es limitante. Sobre todo de una persona que está en crecimiento. Hay que proponerles a los padres que estén lo más informados posible. A mí me han enseñado mucho personas que no tenían ni secundario completo y que tal vez limpiaban casas y tenían hijos con autismo. Por supuesto si no tenés obra social es imposible. Pero si tenés todo y tenés una mala actitud y no sabés cómo plantarte y vas y te peleas en todos lados y no sabés cómo defender a tu hijo y atacás también se te complica mucho. Hay que tener el cuádruple de paciencia con todo.

—¿Cuántas veces por semana querés huir de tu casa?

—Yo hasta pido presupuestos para rajarme, me quiero ir en avión a tal lado tal fecha y tal fecha.

—¿Pero con ellos o sola?

—Pienso que me quiero ir sola. Después me quiero ir sola con Antonio. Pero después no me animo. Desde que nació Antonio, el lugar más lejos que dormí fue una vez que me calenté tanto, que me subí al auto y me fui a un hotel que queda a siete cuadras. Y esa fue la joda más loca que me mandé. Al otro día era como si me hubiese ido a un spa en Suiza

—¿Ya entendió que su mamá es famosa?

—Entendió que trabajo en la tele y está muy fascinado con la fotografía pero vamos a la plaza, se tira al piso para que se vea toda la copa del árbol o de la Catedral de San Isidro, yo soy una persona grande, no soy una madre joven, no doy más. Que la corte un poco (risas).

—Es re comprador ¿no?

—Sí, es muy hermoso. Es muy Oliván. Y le gustan mucho las nenas también, él va a una plaza y pavea, se hamaca, se me va al río. Pero ve a una nena linda y a él le gusta y empieza a actuar como si no tuviese nada. No hace ruidito, no salta, se mete en el mismo lugar que la piba. Empieza a caretearla (risas). Tuvo un par de novias, una que venía a casa a hacer pijamadas.


—En algún momento te volvió a interesar la actualidad y en un año livianito por suerte, total no pasa nada en Argentina

Me da mucha felicidad haberme reencontrado con la periodista. Hicimos una productora, empecé a hacer entrevistas audiovisuales para YouTube.

—¿Algo de la política que estamos viendo de cara a las elecciones te ilusiona?

—Lo único que me ilusiona es que los economistas que saben qué posibilidades y potencialidades tiene el país para salir adelante, dicen que es un montón. Es cíclico en la Argentina. Estamos acá y no podemos estar más abajo, vamos a salir adelante.

—Que agotador

—Políticos no, no me enamora nadie. Y lo que sí me asusta horrores es cómo se destruyó la cultura del trabajo, del progreso, del estudio, del interés. El otro día publiqué un aviso para conseguir redactores y en la descripción puse que no sea o se autoperciba de la generación de cristal. Hay una generación que se le muere el gato y deja de trabajar. Tengo que renunciar porque estoy muy mal. Y a mí eso me impresiona. Es muy difícil convocar el interés de talentos jóvenes.

—¿Por qué crees que pasó eso?

—Es una decadencia de muchos años, no es negocio hacer ese esfuerzo, no te lleva a ningún lado. Si probás con un montón de ejemplos que el negocio es ser influencer o ser trapero y ese es el modelo de éxito, ¿para qué voy a estudiar, o para qué voy a escribir? Qué me importa. El trabajo de hormiga no es tan rentable.

—Sí, igual tampoco es que sean tantos los traperos que la rompen o los influencers que pueden vivir de eso. Dura un ratito al final

—Sí, pero al lado de lo otro, decís soy médico, soy periodista. Es difícil… También estamos en un momento del mundo a donde nadie sabe qué profesión puede tener asegurado un trabajo. Pero la mente inquieta, el hacer, el hacer, el probar. Te va mal, dale, hace otra cosa. Es para eso la vida, para que te vaya mal y para intentarlo de nuevo. También creo que somos una generación de padres sobreprotectores que creemos que es algo malo que nuestros hijos sufran o que se frustren, cuando es algo fortalecedor.

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